Capítulo tres: Cálidos recuerdos.

Dejo de lado por un rato la pena porque hoy he adquirido mi primera máquina de escribir, una Olympia SM9. Podría ser algo normal, ya que no tiene nada de especial, pero ha sido una vuelta atrás en el tiempo.

Al colocarla frente a mí, he rememorado aquellos veranos en casa de mis abuelos maternos. Mi abuelo tenía una máquina similar, guardada en su vieja oficina, a buen recaudo para que los traviesos niños no la rompiesen. Maravillosa joya.

Todos los veranos que pasaba allí me quedaba ensimismada tras los cristales de la oficina, mientras mi abuelo escribía y escribía, y tan solo se escuchaba el traqueteo de las teclas.

Años después, me llevé una alegría muy grande cuando mi madre apareció en casa con ella. Siempre había soñado tocarla, y trabajar con ella, incluso de mayor. Ignorante de mí, y pura inocencia. Ahora nos encontramos con artilugios más modernos y prácticos que lo de aquella época.

No fueron fáciles los inicios. Mis pequeñas manos me impedían llegar a las teclas de los extremos, y la dureza de las mismas me lo complicaban mucho más. Fue duro, incluso pensé en dejarlo, pero mi madre, con su paciencia y su don para la enseñanza, acabó por hacer que amase aquella vieja máquina de escribir.

Es maravilloso. Todo lo rememorado frente a mi nueva máquina. Esos veranos en casa de mi abuelos, sus arrugas, las risas, el olor a felicidad, y la calidez que todo aquello desprendía.

Estoy alegre, por unos segundos, pero estoy alegre. El frío ha pasado a ser un rojo anaranjado en cuestión de segundos, y eso me hace respirar aliviada por  un pequeño instante.

M.

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Capítulo dos: Invierno en mi cuerpo

Qué difícil resulta decir adiós

ahora que te has ido,

ahora que no estás,

ahora que me inunda una pena irreconocible.

Qué difícil resulta entender este entresijo de sentimientos,

un nudo en la garganta,

la presión en el pecho,

lágrimas desbordándose de mis ojos.

Qué difícil resulta comprenderme, ponerse en mi piel.

Campos de ceniza alrededor,

una carretera vacía,

un cuerpo inerte en medio esperando algo que no llega, que no cesa.

Qué difícil resulta haberme ido sin haberme despedido,

sin reconocerme,

sin un camino de vuelta.

Tan solo buscando aire para respirar….

M.

Capítulo uno

Estoy justo aquí, quieta, frágil, sin aliento, mirando alrededor sin saber de qué manera reaccionar a todo lo que me rodea. No entiendo el pasado, y trato de enterrarlo, hundirlo, quemarlo, y me enfrento a algo intangible e incluso inexistente.

Me hallo donde quiero, donde me ha llevado cada una de mis acciones y mis decisiones. He aprendido de cada paso, de cada golpe, de cada herida,… Ahora nada tiene sentido, y tengo miedo, y me paraliza esa presión, pero inspiro y simplemente camino, y camino, y camino.

Estoy aquí, sin rumbo, sin saber dónde ir, pero estoy aquí, justo aquí, donde sé que quiero estar.

M.

Inicio

Última noche del año, un salón repleto de gente, copas llenas de champagne y cava para brindar, las doce uvas preparadas, un reloj a punto de dar las doce, y la voz de esa radio antigua anunciando que el año se termina. Empiezan las campanadas, los atracones con las uvas y las risas. Y por fin “Año Nuevo”. Muchos gritos de felicidad, besos y brindis deseando lo mejor para el nuevo año.

Y llega la hora del baile y el confeti. Largas horas riendo y bailando, disfrutando con todos nuestros seres queridos. El reloj, que se oye muy al fondo de la sala, anuncia el paso de las horas, y con ello, la noche. El tiempo avanza, y la gente empieza a desaparecer de esa sala tan inmensa mientras la música, que hace unos minutos llenaba la sala, comienza a disminuir poco a poco.

Es entonces cuando mis oídos empiezan a escuchar una melodía proveniente de un lugar un tanto alejado de aquella mansión, y yo, de gran curiosidad, me dejo guiar hasta llegar a un salón tan grande como antiguo parecía. Y allí, donde el calor reinaba por el fuego que emanaba de la chimenea principal, se escuchaba la famosa “Para Elisa” de Beethoven. Fue ahí cuando me fijé que no quedaba vestigio alguno en la sala de la que provenía, haciendo eco la soledad, e hizo darme cuenta que la única despierta era yo. Me asomé al único ventanal que había en aquella sala, mirando el grandioso y espectacular amanecer que florecía de aquella primera noche fría del año.

El reloj, que se situaba en un rincón de la sala, empezó a sonar, haciéndome participe que eran las ocho de la mañana. Al girarme, vi el antiguo Chester color burdeos que se situaba frente a aquel fuego fraternal, me dirigí hacía él y me senté. En ese justo momento se me ocurrió hacer un brindis con el poco champagne que quedaba en mi copa y un discurso, aunque mi único oyente fuese el gran danés que dormitaba en la sala.

El sueño empezaba a adueñarse de mí, y los párpados se me caían. Decidí recostarme en aquel sofá, y mientras se me cerraban los ojos, una sonrisa surcaba mi cara sabiendo que por fin había empezado un nuevo año, un año lleno de ilusión y felicidad, un año repleto de ganas para afrontar los nuevos retos y grandes cambios, y deseando que el año de todos los que me rodeaban fuese igual.

Antes de quedarme sumida en un profundo sueño, despegué mis labios para poder únicamente decir…

¡Feliz Año Nuevo!

M.

Escape

Sigo moviéndome a ciegas

dentro de este vaivén emocional.

Creo dar un paso hacia delante

y me encuentro en retroceso hasta tu puerta.

 

Llamo, pero no me oyes,

grito, pero no me escucho.

Se me ahoga la voz

porque entro en declive,

y no quiero ver la salida del bucle.

 

Yo estoy al lado de la puerta,

pero no quiero cruzarla,

porque si me voy, seré olvido,

y tú algo desencajado

que volverá a encajar en otra piel.

 

Solo me queda un último aliento,

las noches frías bajo este viejo porche,

el olvido y la nada,

una canción y la última copa de vino.

 

Declaración de intenciones

“Puede ser que me surjan dudas, puede ser que no esté a la altura, pero siempre me lanzas un cable cuando mas necesito enchufarme”.

-Sidecars

Siempre he pensado que el mundo es un pequeño escenario, que actuamos y nunca nos ajustamos a un guión escrito. Siempre creí que todo eran folios blancos y plumas con el que escribir la vida.

Pero empecé a desconfiar cuando vi un cielo de hilos y nosotros colgados como marionetas, y manejados por una energía oscura, siendo guiados de manera igual, para precipitarnos a nuestro peor ser.

Pero tú, mi pequeña intención, nunca creíste en hilos, ni en guiones, ni en normas, ni en puertas cerradas. Siempre me dijiste que hay un mundo que difiere de esta realidad oscura, y que simplemente había que desear volar tan alto que conseguías que te saliesen alas, y ser libre.

A mi hermano,

las alas que me hacen volar.

 

Una puerta abierta

“La noche vuelve a inundarme de luz.

Tú eres la noche.”

Luis Alberto de Cuenca.

 

Ahora que no queda vestigio alguno de luz,

llegas con tus manos prendiendo fuego

a unos ojos bañados en mar.

 

Ahora que nada parece encajar,

tus caricias han nacido para besar mis cicatrices,

y mi mano se acopla a la perfección en tu maltrecho corazón.

 

Ahora sé a qué huele el sol,

esa deleitable sensación de caminar descalza sobre tu cuerpo,

y lo bien que queda la melodía de tu sonrisa sobre un lienzo.

Marta